Por siempre hijos nuestros

La fiesta estaba preparada, cada uno de los protagonistas esperaban con sus entradas y sus correspondientes carnerts para poder entrar a ese estadio. El lugar más maravilloso y glorioso que toda persona vinculada con el tema lo atesora y adora como si fuera un amuleto, algo sagrado, que te da alegrías y a veces también tristezas, pero este día no iba a ser uno más. Ese día la Bombonera iba a estar rodeada de satisfacciones.
El domingo, todos, nos levantamos esperando ese partido, esa fecha tan anhelada desde que comienza el torneo y que tanto se hace esperar.
A la noche todos decíamos lo mismo, opinábamos lo mismo, el tema era el único en todos lados, “que Boca de acá, que River de allá”, todos comentarios distintos. Y cuando te vas a acostar, le rogas a todos los santos, vírgenes y a lo que fuese que cada uno crea, que por favor mañana ganemos, que no perdamos ese partido, cualquier otro menos ese, con las gallinas no por favor. Te levantas nervioso, como si fueses vos el que va a jugar esa fecha.
A las 15.10 al fin había llegado la hora, y ¡de qué manera! Apenas había empezado el primer tiempo y ya estábamos todos desesperados, alguno moviendo nervioso la piernita, algún otro los dedos, y por qué no algún vicioso mordiéndose las uñas, pero todos en la misma, concentrados, esperando el momento tan ansiado de que por fin se meta de una vez por todas la pelota en el arco de nuestros archi-enemigos.
Los minutos corrían poco a poco, se pasaban rápidos y a la vez lentos, mirábamos la hora a cada rato y no dejábamos de pensar, ansiosos, en meter un gol.
De repente, cuando sólo habían pasado 14 minutos, un centro de Román se metió justo arriba de la cabeza del león, sí de Battaglia, que sólo tubo que saltar un poco para poder convertir y la bombonera, a viva voz y al gritó desahogado de ¡¡¡¡gooooool!!!!, estalló al instante.
Para qué explicar en lo que convirtió la cancha, las palabras sobran para describir el espectáculo que allí había, papelitos por todos lados, humos de colores que revivían la fiesta de la Boca, los cánticos de “¡es para vos, es para vos, gallina p… la p… que te parió! parecían nunca acabar para ellos, y nosotros felices, alegres, con los ojos llenos de lágrimas, los brazos abiertos al cielo, o por qué no apuntando a la cancha, a los jugadores agradeciéndoles por una alegría más, por un triunfo más.
Gracias Boca, gracias jugadores por dejar el alma y el corazón el la cancha y por hacernos felices cada vez que jugamos un partido, pero en especial en éste, el más importante para nosotros, para los hichas, por que el domingo se notó que jugaron y que transpiraron la camiseta por el honor y por el amor que le sienten al club. Les estaremos eternamente agradecidos por habernos brindado una alegria más a nuestro corazón. Y a las gallinas no queda más por decirles que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán.
¡¡¡Gracias boquita!!!

Luciana Franco

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