El fantasma de la Bombonera

Espíritu inquieto, Palermo apareció con una palomita y le dio el triunfo a un Boca que hace más de un año no pierde de local. Próximas visitas: Maracaibo y River…
No. No es un fantasma ni un espíritu, de esos que habitaría en la Bombonera, como testimonian los empleados del club. Es Martín Palermo (¿un fenómeno sobrenatural por lo inexplicable?), tapándose la cara con su camiseta para festejar el

gol decisivo. Fue una aparición fantasmal del Loco, tras un centro de Palacio que pegó en el palo, para decirle adiós a los otros fantasmas, los que ya sobrevolaban la cancha trayendo una victoria para Newell’s. Boca es así. Asusta. Su estadio, mito urbano si los hay, tiembla y late a la vez. Parkinson y taquicardia, unidos, en un cóctel explosivo para propios y extraños. ¿Será por eso que hace un año que ningún visitante puede irse con los tres puntos? El martes se viene Maracaibo y, dentro de dos semanas, River. Ideal para agigantar esa leyenda que anoche volvió a escribir un nuevo y apasionante capítulo.
“Porque el martes cueste lo que cueste, porque el martes tenemo’ que ganar”. Se mueve la cancha al compás de la gente. Boca ya ganó. Ya se aplaudió casi como si se hubiera ganado un título. Y el pedido espontáneo del hincha es un triunfo en ese partido de Copa que puede marcar un antes y un después en el camino de Boca en este 2008. Como imprevisto invitado, el humo que invade la Capital le da un toque fantasmagórico a la escena. Sin respiro por el olor a quemado. Sin respiro también por los vaivenes que tiene el partido…

Y ahí está él. El goleador letal. El ídolo. El que arenga a la tropa antes de asomarse por el túnel. El que encabeza la fila, portando la cinta de capitán. El que besa paternalmente a Pochi Chávez, dándole aliento. El destinatario del “Paleeeeeermo, Paleeeeermo” que estremece esa caja de resonancia que es el Alberto J. Armando, una vez que metió su cabeza para rebotar la pelota hacia la red y darle los tres puntos a Ischia cuando parecían más cerca del bolsillo de Caruso. Un detalle que lo define como gran oportunista: cuando Palacio mandó el centro pasado, que terminaría pegando en el segundo palo, Palermo estaba entrando al área junto con Schiavi (a quien le ganó dos veces en el gol de Rodrigo). Mientras el defensor se quedó parado, observando el trayecto de la pelota, el Loco siguió el destino de la jugada con sus ojos, pero también con sus pies. No se detuvo. No se quedó esperando pasivamente el desenlace. Con el optimismo que lo caracterizó siempre, en esos escasos segundos quizá pensó que la bola podía pegar en el palo. Tal vez se le cruzó que podía volver hacia el primer palo. ¿Habrá tenido esa corazonada? ¿Tuvo suerte y nada más? ¿O será que a la fortuna hay que ayudarla? Posiblemente dueño de un sexto sentido (al menos en las áreas rivales), Palermo ve cosas que otros no ven.

Habrá que creer, entonces, en un mundo paralelo al real, en una dimensión desconocida, y rendirse ante la evidencia: la capacidad y el olfato goleador de Palermo. Hay 184 goles de azul y amarillo que lo certifican. Después, puede querer pivotear y que la pelota le rebote en su pie y llegue a mitad de cancha. Puede intentar manejar una contra y olvidarse el balón entre sus piernas. Puede pifiarle o mostrarse tosco en el contacto con el balón. A esta altura, parece tener todo permitido. Palermo, como la Bombonera, ya traspasó lo tangible. Y si hay humo como ayer. Y si el estadio lleva un invicto de un año. Y si festeja los goles así, tapándose la cara… Entonces, habrá que pensar que los fantasmas existen. Y no son malos.

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